El Guaire, utopía en proceso
Cheo Carvajal
15 Junio 2021

1. Estás ahí, atraviesas la ciudad entre nosotros. Todos intuimos tu carácter irrefutable. Por estrafalario que luzcas, eres la justificación de nuestra existencia como ciudad. Lo aprendimos en los libros de primaria: el sentido común dicta que las ciudades se planten donde hay agua, cerca de un río. Caracas existe gracias a que ya estabas. Aún así, parece que preferimos no verte, no olerte. No pensarte. No nombrarte. Como si fueses una mala palabra, un pecado oculto, un mal presagio. Solo por momentos, cuando tu imagen refleja los brillos dorados del sol de la tarde caraqueña, pareces hacerte digno ante la mirada de tus habitantes. Un halo de belleza, de dorados reflejos, encubren lo que fluye a través de ti. Casi pareces el río que alguna vez Manuel Cabré se permitió pintar en primer plano, quizás porque la montaña de sus obsesiones estaba garantizada como telón de fondo. Sensible testimonio que revela la conexión entre estos dos hitos geográficos cuyo vínculo terminó vetado por la ciudad que se explaya entre ambos. El retrato de ese momento habla de una conexión tan orgánica como necesaria y posible. La memoria urbana susurra en voz baja momentos felices en tus aguas. La gente se bañaba, pescaba, extraía arena, lavaba en el Guaire. No es metáfora: con la fuerza de tus aguas se iluminaba Caracas.

2. El Ávila, sin dudas esplendoroso, terminó imponiéndose en el territorio. Atrapó nuestra memoria y nuestro deseo. Con él construimos un imaginario urbano, quizás más imaginario que urbano. Si se quiere hasta un poco banal. Nuestra arquitectura –por muchos elogios prodigados a su modernidad– terminó opacada ante los resplandores de la montaña. Importó más el accidente geográfico que lo que construimos. ¿Y el Guaire? Sencillamente dejó de importar en absoluto, o lo asumimos como “tonto útil”. Lo convertimos en herida abierta, impenitente. Un río condenado a transportar una mezcla de malos augurios y pésimas noticias. ¿Encontraremos anuncios de venta de inmuebles que digan: “con vista al Guaire”? Quizás sí, si se tratara de un galpón industrial que ofrezca verter rápida y sigilosamente sus desechos en este. Pero, a pesar de haberlo convertido en lo que hoy es, la bucólica estampa en la que el río formaba parte de la vida cotidiana de la gente no ha terminado. Para horror de muchos hay gente que hoy se baña, busca tesoros o lava su ropa en las aguas del Guaire y en sus quebradas. Hasta parecen normales estas anomalías perturbadoras que con curiosa tranquilidad los ciudadanos observan y registran en fotos y vídeos, sin que deje de suceder.

3. Hemos normalizado que el río que atraviesa la ciudad-valle de oeste a este sea una cloaca a cielo abierto. También lo son –salvo excepciones–, las quebradas de norte y sur que se conectan al río, cuyas aguas en su mayoría viajan embauladas, escondidas bajo la trama urbana. Cuerpos de agua, naturales al territorio, que fueron desnaturalizados en el proceso urbanizador. Sometidos al arbitrio de una sociedad caracterizada por “hacerse la vista gorda” ante aquello que le incomoda, e inclusive propensa a ocultar aquello que la apela y exige reflexión y acción constante. Irracionalidad e inacción caracterizan nuestra relación con toda la cuenca de este río emblemático. Un auténtico despropósito sobre el que mucho se ha prometido y poco se ha hecho. Ni siquiera permitimos acercarnos mucho, andar por sus orillas. El río está rodeado, sometido a flujos más pavorosos que paradójicamente la sociedad ve con ojos menos críticos: los de los vehículos a motor que se mueven por la autopista y sus meandros de concreto. Quizás no sean los olores y las ásperas imágenes lo que ahuyenta a los viandantes, sino la velocidad y las barreras físicas de la infraestructura vial que cercan al río. Lo anularon como parte del paisaje. Lo relegaron a una simple función ingenieril: canalizar su olvido. Decretaron la ausencia: no más gente paseándolo, contemplándolo. No más niños correteando por sus bordes. Nada de gente sembrando en sus orillas.

4. Negar el Guaire es negarnos. Somos parte de un todo que depende de elementos esenciales, como el agua y el aire, por decir los más obvios. Una ciudad es un ecosistema, donde la vida humana y de muchas otras especies coexisten en un territorio donde lo construido y lo natural precisan equilibrio. Si no nos hacemos responsables del impacto que genera vivir y convivir en la ciudad, tarde o temprano emergen malestares y amenazas. En el caso del río sabemos que se vuelve “respondón”. Cuando se le exige obediencia, responde arisco, haciendo sentir la fuerza de su corriente o saturando el aire con sus olores. A veces se desborda –el río y sus quebradas, que son prácticamente una misma cosa–, como queriendo tocar nuestras puertas. Pareciera decir: si la gente no va al río, el río va a la gente. Porque el río nos antecede, este es tu territorio. Nos brindó un lugar maravilloso donde vivir: Caracas se origina acotada entre río y montaña, y entre quebradas. Pero la ciudad, como era de esperar, creció, se desbordó y no supo ser recíproca con su trama líquida. Le pasó por encima, tratando de ocultarla. Un desprecio que pagamos caro.

5.¿Cuántos caraqueños –de los que tienen la fortuna de tener servicio de agua– abren el grifo simultáneamente? ¿Cuántos litros por segundo se trasvasan de los embalses vinculados al río Tuy, que sube kilómetros en tuberías hasta Caracas, desembocan finalmente en el río Guaire, en una suerte de viaje circular? Cada vez que abrimos un grifo o tiramos la palanca del retrete, conectamos las dos cuencas, porque el Guaire, en su largo viaje termina juntándose nuevamente con el Tuy. Se trata de un sistema, que mientras menos contaminado esté será mejor no solo para nuestra ciudad, sino para todo lo que la rodea. Pero equilibrar esa relación geográfica –que podemos entender desde la distancia de una imagen satelital– implica entender que el macro relato está construido como la suma de relatos de otras escalas, incluyendo los micro relatos de nuestras formas de relacionarnos con el río. La posibilidad de acercarse caminando hasta este, recorrer sus bordes a pie o en bicicleta, atravesar de una orilla a otra, contemplarlo, forma parte de un nueva forma de entendernos en la ciudad. Volver a verlo como espacio de deseo. Muchas ciudades que tuvieron ríos contaminados los han recuperado, han vuelto a acercarse a ellos. En cierta forma las ciudades renacen cuando logran sanearlos. Algo sana en el espíritu de la ciudad cuando se resarcen los daños hacia un elemento que maltratamos habiendo sido tan generoso con nosotros.

6. Necesitamos hacerlo visible. No llenarlo de lucecitas, adornarlo (que es otra forma de ocultarlo), sino encender los reflectores, poner la mirada y la escucha sobre el río. Pensarlo, generar acciones concretas que lo revelen como lo que es: una fuerza primigenia que no podemos seguir negando. Una invitación a transformarlo que invita a comunidades e instituciones, a escuelas y empresas, a artistas e ingenieros, a urbanistas, arquitectos y a ciudadanas y ciudadanos de todas las edades y procedencias. Una invitación a pensarlo como utopía en proceso, que apela tanto a lo espiritual como a lo técnico. Sin hacernos trampa. Sin promesas demagógicas. Desde el ahora, para que tenga sentido real de futuro. Nada se transforma sin compromiso ni agenda. Asumirlo como lo que es: un eje que nos puede guiar e integrar en términos urbanos, pero también que nos puede conectar en una fe de lo posible, en tanto estemos comprometidos en una misma causa. Fluyendo en una misma voz: somos Guaire.

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